17:30 PM, Tienda E-minis de La Línea. Un tiempo agradable para la fecha, que es 11 de febrero de 2020. La Asociación Hijos de Caín toma una de las mesas del local y alrededor del máster se sientan 4 personas, dispuestas a jugar al último éxito de Ricard Ibáñez: Nahui Ollin, un juego de rol sobre el Nuevo Mundo, en plena edad Moderna. La aventura que va a jugarse es Palabras de Paz, Vientos de Guerra, publicada también por el autor del juego, pero con ciertas modificaciones adaptadas a la sesión.
El máster reparte las fichas de personaje, ya pre-generadas. Se les explica la mecánica básica del sistema de dados. A continuación se anima a los jugadores a que pinten un esbozo de la historia de los personajes que se les ha entregado o, si lo desean, el propio máster les da la historia. De cualquier modo, he aquí nuestros protagonistas:
- Don Álvaro de Molina: Hombre de letras, bachiller y consumado escriba que viene a las Indias para ganarse la vida como notario.
- Juan Bermejo: Mestizo nacido en Nueva España, amante de ambas culturas y con tendencia a analizar hasta el último detalle.
- Guzmán de Torres: Soldado avezado y de toscas maneras; suspicaz y poco hablador, con grandes dificultades para confiar en los demás.
- Pedro Hernández: Marinero que perdió un pleito de hidalguía en Granada, y que ahora viene a buscarse la vida como labriego.
Una vez los personajes están esbozados, el narrador los sitúa en su contexto: nos encontramos en el año de Nuestro Señor 1540, durante el otoño. Los personajes, a excepción de Pedro Hernández —que llegó tarde—, han sido reclamados por Antonio Mendoza, virrey de Nueva España, para que investiguen el asesinato de Juan de Arze, encomendero, a manos de unos indios. El virrey se encuentra preocupado por las tensiones entre los indios y los blancos. La función de cada personaje será la siguiente:
- Don Álvaro: tomará nota de los acontecimientos venideros.
- Juan Bermejo: hará de guía, dado que es el nexo de unión entre dos pueblos.
- Guzmán de Torres: servirá de apoyo bélico por si las cosas se tuercen.
Escena I: La entrevista y el viaje.
Durante la primera escena Antonio Mendoza dice que deben ir hasta Santiago de Tecuila (México), la ciudad donde se ha producido el asesinato.
Antonio Mendoza, Virrey de Nueva España, da un trago acompasado a su aguardiente. —Para ser sincero a vuestra mercedes —dice limpiándose con un paño—, no sé si este asesinato por parte de los indígenas se debe a una respuesta por los abusos de nuestra gente, o sencillamente son estallidos de rebeldía desmesurada. De cualquier manera tendrán que encontrar a Fray Antonio de Cuéllar, quien os informará de todo este asunto.
—¿Quién es ese? —pregunta Juan, el mestizo.
—Un catequista de la zona. Alguien que adoctrina a tu gente.
Juan hace un visaje de agravio, muy digno el porte. —Con el debido respeto, Excelencia—repone—. A lo mejor los purasangre necesitan conocer las Sagradas Escrituras, pero la gente mestiza no necesitamos de tales catequismos. Soy Cristiano, como mi padre. Espero no haber ofendido a Su Grandeza.
Tras esta contestación, el jugador que controla a Juan hace una tirada social para reivindicar su honra. ¡Tiene éxito y sorprende gratamente al Virrey!

Mendoza sonríe con anuencia. —Pues entonces demostradle tales acopios de cristiandad al fraile, don Juan, y no a mí—. El Virrey se levanta pesadamente de su silla.
—Sobre la pecunia, pueden acudir vuestras mercedes a mi ayuda de cámara, quien tendrá a bien daros una libranza de la tesorería. ¡Que Dios Nuestro Señor Reverberado esté con vosotros!
Durante dos días, este grupo de «hombres de mundo» viajan campo a través, rodeados de un terreno sofocante y hostil. A pesar del otoño, el sur de esta región tiene un sol abrasador que al mediodía obliga a aligerar las ropas.
Juan Bermejo y el escribano don Álvaro tienen un debate teológico; el mestizo revela que su madre le enseñó las culturas de su pueblo indio nativo. Se sinceran, y Juan comenta que su madre fue castigada; pero que aún no sabe qué castigo fue peor, si el de el de ella o la vergüenza de su padre.
Escena II: Llegada a Tecuila y encuentro con fray Antonio de Cuéllar.
Santiago de Tecuila se presenta frío en el mediodía. Y frío es el pueblo y sus gentes quienes, a pesar de vivir de forma pródiga, no encuentran consuelo con la llegada de otras personas desconocidas, ni tienen intención de recibirlas de forma cordial. Los forasteros no son oportunidades de prosperidad; más bien son escollos en la vida de los blancos, que no desean verse eclipsados por quienes vienen a hacer negocio; y una amenaza para los nativos, que viven atemorizados por las reprimendas de los españoles.
El jugador que controla a Álvaro de Molina hace la primera tirada para localizar el cabildo o la casa de gobernador. Obtiene un éxito pero encuentra la capilla, en la misma plaza central, donde debe estar Fray Antonio de Cuéllar.
—A fe mía que esa debe ser la capilla —sentencia con porte digno—. No sé qué opinan vuestras mercedes, pero cuanto antes acabemos con esto, antes saldremos de este sitio.
—¡Que me place! —responde Guzmán. El soldado echa una mirada al mercado central: ve desazón en los rostros de los blancos, y ojos lastimosos y huidizos en los indios. Suspira con hastío—. Además, no quiero quedarme aquí; se respira tensión en la carda.
Al llegar a la capilla, Fray Antonio, un muchacho joven de unos diecisiete años, les recibe con una sonrisa afable y amistosa. El fraile es el único rostro amable de la zona, pero no viste con los hábitos, sino con pantalones raídos y camisola de paño holgada, a la manera de un bellaco, o un pirata. Las tiradas de Percepción revelan un hombre honesto y bienhallado.
—¡Bienvenidos, señores! ¡Es una dicha para nuestros corazones que lleguen a Tecuila!
—Necesitamos ver al Gobernador —anuncia Juan, sin ningún tipo de reparo por la etiqueta o el saludo.
El joven fraile titubea. —¿Tan rápido? Quiero decir, ¿no quieren antes lavarse el polvo del camino, cambiarse las ropas?
—Estamos bien —aclara don Álvaro—. Queremos acabar con esto cuanto antes. Pero eso no significa que lo hagamos impetuosamente. Por eso me gustaría preguntarle por qué unos indios han despedazado a Juan de Arze de tal manera.
El fraile se muestra visiblemente incómodo ante la pregunta; al fin y al cabo no quiere hablar de temas oscuros habiendo gentes alrededor. Sonríe con aquiescencia, y les indica que le acompañen con un gesto de cabeza, hasta apartarse del gentío.
—Bueno —dice quedo, a la sombra de una pared mal encalada—, todo apunta a que fue por venganza.
—¿A qué se refiere vuesa merced con venganza? —pregunta el escribano.
—Unos días antes nueve chichimecas fueron ejecutados por orden del capitán Domingo de Artaga. Eso ha enfurecido a los indios, quienes lo vieron como una injusticia.
Los jugadores se miran entre ellos suspicazmente; concuerdan que hay algo extraño detrás de todo esto. El jugador que controla a Guzmán, el soldado, hace un último comentario:
—A lo mejor el Gobernador puede arrojar algo de luz a todo eso. ¿Puede vuesa merced llevarnos hasta él, o no?
—Por aquí, por favor —señala el fraile.
Escena III: Audiencia con el Oñate, el Gobernador
Los personajes se adentran en la casa del Gobernador. Es un lugar austero, aunque amplio, lleno de tierra y polvo. Sus sirvientes son todos indios o mestizos, los negros son esclavos. Cuando llegan al patio ven a Oñate, el Gobernador, que posa ante un pintor. Sin embargo la escena de la acuarela no resulta muy fiel por varios motivos. En primer lugar, la esbelta figura de Cristóbal de Oñate en el cuadro no corresponde a lo horondo de su figura y la alopecia que tiene. Incluso le cuesta alzar la espada desenvainada. Frente a él —en el cuadro— un indígena se postra, entregando un cetro simbólico de su pueblo; enseguida se descubre que el que posa como modelo de caudillo no es más que un sirviente que es obligado a vestir un conjunto de ropas mal ajustadas. Pura humillación.
En cuanto fray Antonio anuncia la llegada el Gobernador deja la espada en una mesa y les insta a que le sigan. Fran Antonio se marcha entonces, mientras los personajes llegan a una oficina de la segunda planta, y tras una mesa amplia y desordenada Oñate se pone a firmar despachos, como si el grupo no existiera.
—Mandados por Su Excelencia, ¿yerro? —murmura Oñate al cabo de un minuto o dos, con una voz irritante.
—A fe mía, Su Ilustrísima —contesta don Álvaro.
Tras una pequeña espera al fin levanta la vista; se masajea los ojos, como si tuviera mal de casco.
—Recibí la misiva del Virrey hace unos días. Y rápido ha reunido a un grupo de «hombres de mundo» con voluntad de venir aquí a investigar. Voy a hablar franco a vuestras mercedes: no sé qué hay que investigar; Juan de Arze fue cruelmente asesinado por unos indios chichimecas, y posteriormente medio devorado por esas bestias a dos patas. Ahora estamos a la espera de que venga alguien a que se ocupe de su hacienda.
El jugador que lleva a Guzmán carraspea:
—Dicen que unos indios fueron ejecutados días antes.
Oñate se le queda mirando con tensión. Entonces sonríe malicioso y se dirige pesadamente a un armario del cual saca una gran jarra de cristal con un licor oscuro. Cuando la pone en la mesa ven que contiene la cabeza de un indígena, con los ojos en blanco. Oñate toma asiento mientras vierte el licor en un vaso.

Cristóbal de Oñate,
Gobernador de Nueva Galicia
—Si lo que vuestra merced sugiere es que el asesinato de Juan de Arze fue por venganza, eso no excusa a ningún indio a despedazarlo y devorarlo. De cualquier modo a quienes fueron ejecutados se les dio cristiana sepultura, después de un juicio justo. Atacaron a los nuestros, así que ordené al capitán Domingo de Artaga y a su cuerpo de corchetes que los capturasen. El capitán ha mostrado buen tino capturando a nueve de esos salvajes, a los que se les dio muerte por soga. Si de esto los chichimecas han hecho venganza, y por ello han matado a don Juan de Arze, convendrán vuestras mercedes en que es una venganza desmedida.
El jugador que controla a Juan Bermejo, visiblemente afectado por la cabeza del cristal, habla con voz fría. —El Virrey nos ha hecho venir para ver «cómo están las cosas» por aquí, no sólo por el asesinato de Juan de Arze.
Oñate toma el trago y se retrepa en su asiento entrelazando las manos. Arquea una ceja con vileza. —¿Las cosas? —repone—. No tenéis pinta de funcionario, don Juan.
El jugador que controla a Juan Bermejo hace una tirada de Personalidad para ver las intenciones del gobernador, por si oculta algo. No logra sacar un éxito, así que el máster le dice que sólo ve a un hombre ofendido.
—¡Disculpad, señores! —exclama el Gobernador con exageradas maneras—. ¿No quieren un trago?
El silencio sólo es roto por don Álvaro. —Que me place, Su Ilustrísima. —Se inclina sobre la mesa mientras Oñate llena un vaso maloliente y lleno de moscas; lo toma de un trago—. Veo que tenéis buen gusto no sólo para el arte, sino para la bebida. Me pregunto si Su Ilustrístima también lo tiene para las letras. Me impresiona uced, Señor, y por ello estoy tentado de escribir una biografía de su Ilustrísima, si aún no lo han hecho ya.
El jugador tira los dados para una tirada social, y obtiene un éxito.
El Gobernador no logra ocultar un gesto de interés. —No me malinterpreten vuestras mercedes —contesta complacido—, que si el Virrey dispone, uno se presta a lo que diga Su Excelencia. ¡Adelante pues, con esa biografía! Le contaré mi buen hacer por este pueblo. ¿Quieren investigar sobre los indígenas? Adelante. De momento les puedo decir que lo de Arze ya está todo archivado. Y capitulado.
—¿Se han encontrado los culpables? —pregunta el jugador que controla a Guzmán, el soldado.
El gobernador sonríe. —No, de momento. Pero supongo que vuestras mercedes ya tienen trabajo con respecto a eso.
Y aquí acaba la escena con el Gobernador de Tecuila. Los Personajes se marchan del lugar para hablar con otras personas. Hablan entre ellos, y a todos les suena muy rara la historia de los chichimecas, y el hincapié que ha hecho el Gobernador con eso del ajusticiamiento y la posterior «cristiana sepultura» a los indios. Ha demostrado demasiada crueldad con las otras razas, por lo que no tienen buenas sensaciones sobre él.
Escena IV: Investigando sobre los chichimecas ejecutados.
Juan Bermejo entra en la taberna local; no le ha sentado bien que Oñate bebiera de forma tan macabra. Se ha despedido hace dos minutos de sus dos compañeros. Necesito un trago. Hablar con pisaverdes me revuelve las tripas y quiero calmarlas con algo de vino decente. Los otros dos le dicen que visitarán la casa del cabildo.
Cuando Juan entra en la tasca ve que está bañada de una suave penumbra, dado que los árboles de la selva tapan algunos rayos de luz. El calor adentro es asfixiante, aunque no hay muchos parroquianos sentados en las mesas. En la barra hay un tipo maloliente con una jarra de vino especiado. Mira con ojos pendencieros, pero Juan no le hace caso. Se dirige al tabernero, a quien pide un poco de letuario, pan y vino. Tienen tres clases de alcohol, un vino portugués, otro español, y esa agua lechosa hecha por indios que tiene un sabor horrible. Lamentablemente Juan no tiene para pagar más que la última —vino de palma—.

—¿Es vuestra merced de por aquí?— pregunta el hombre con acento portugués, al punto que le pone las viandas en la barra.
—No, de hecho vengo en calidad de funcionario.
—¡Ah! ¡Sois el nuevo comendero!
—No. ¿Por qué? —pregunta fingiendo curiosidad—. ¿Es que no tenéis?
El tabernero hace un visaje de precaución, y mira a ambos lados. Masculla unas palabras prudentes. —Pues no, ya no tenemos, señor. Que hará poco que fue muerto en su hacienda.
—¡¿Qué decís?!
—Lo que oís, señor… —se queda continente, a la espera de un nombre.
—Juan Bermejo.
—Mi nombre es Salvador da Silva, a su servicio. —El hombre apoya un codo en la barra y se le acerca, cómplice—. ¿Puedo vosear a vuesa merced?
—Podéis.
—Yo que vos terminaría cuanto antes lo que habéis venido a hacer aquí. Las cosas están revueltas, y los chichimecas atacan muy a menudo.
—¿Acostumbran a atacar a los funcionarios de la Corona?
El hombre parece reacio a soltar prenda. Suspira y se pone a limpiar la barra, musitando un uced verá lo que hace, o algo parecido.
El jugador de Juan Bermejo hace una tirada de Persuasión para intentar averiguar algo más. La pasa con éxito y descubre que debe «aligerar la bolsa» con el posadero. Le pone unas monedas en la barra. Tras esto su personaje alude a que tiene influencias en la corte del Virreinato de Nueva Galicia —cosa que es verdad debido a su misión—, y que por tanto puede prevenir cualquier conflicto en la zona si se le informa de ello.
—Está bien —dice el tabernero—, pero no digáis que lo he dicho yo. Se rumorea por ahí que los indios ajusticiados no fueron ejecutados con toda la justicia que Nuestra Majestad, don Carlos, hubiera deseado.
Juan arquea una ceja. —¡Vive Dios! —exclama—. ¿Qué se dice?
Entonces el tabernero se acerca al oído de Juan y exclama unas palabras: «decapitados, y torturados».
Mientras Juan de Arze está en la taberna, Guzmán de Tormes, armado con su toledana y vizcaína, y don Álvaro de Molina, con no más armas que su pluma, se dirigen a la casa del cabildo. Allí el hombre les recibe muy político en sus maneras, aunque algo irritado, mientras un físico le cura una costra de la pierna hinchada.
—Sí —aqueja con un gruñido—, estuve presente durante la ejecución, claro. Es mi deber.
—Por lo que estimo, muy Señor mío —contesta don Álvaro, la pluma sobre el papel—, vuesa merced vio como dieron muerte a los nueve indígenas.
—No soy ciego, que yo sepa. Tengo gota, pero a vos os veo bien.
Don Álvaro se arma de paciencia. —¿Y cómo fue?
—¿Cómo fue, el qué?
—La ejecución.
—¡Rediez, muchacho! —espeta—. ¿Cómo queréis que fuera? ¡Con una soga!
—A lo que me refiero…
—Con una soga, os ha dicho —aclara una voz desconocida, a un lado de la habitación.
Ambos personajes dirigen su mirada hacia el lugar de donde proviene la voz misteriosa: ven un hombre corpulento vestido de alguacil. Lleva la insignia de capitán en el jubón.
—¡Artaga! —exclama el cabildo—. ¡Vos estuvisteis allí, dando la orden! ¿Por qué no cuentas a estos señores, que tienen a bien documentar todo por encomienda del Virrey, lo que se vivió durante la ejecución?

Domingo de Artaga
Domingo de Artaga se lleva la mano al mentón, indolente. —No hay mucho que contar. Vinieron echando la bilis. Entonces les prendimos y les trajimos a la casa de Oñate. Allí se les ejecutó de la forma más… cristiana posible. A pesar de ser animales y carecer de alma.
Los jugadores tiran los dados y pasan con éxito una prueba social. Descubren que tras el mostacho, el capitán Artaga esconde una sonrisa mentirosa.
—Entiendo —asiente don Álvaro, quien para su pluma—. ¿Esto ha aliviado las tensiones?
—Debo admitir que no. De hecho esas bestias sin alma están más desenfrenadas que nunca. Podrían haber venido a por mí; pero la hacienda del ponbre Juan de Arze está a dos horas de aquí, más cerca de su asentamiento. Por eso entraron en ella y lo despedazaron. O al menos eso cuentan.
Guzmán de Tormes se sorprende. —¡Ah!, ¿pero no hay cadáver?
—¿Cree vuesa merced que esos indígenas iban a dejar el cadáver? Los únicos testimonios que tenemos son los de su gente.
—¡Probablemente lo hayan devorado ya! —grita el cabildo, desabrido—, ¡y si aún no lo han hecho, harían bien vuestras mercedes en ir a investigar su hacienda, y recuperar lo que quede de Juan, para darle por lo menos cristiana sepultura!
Don Álvaro guarda su resma y su pluma. Se levanta cordialmente y hace una genuflexión. —Así haremos, señores. Entre nosotros hay una persona que tiene gran habilidad como explorador. Iremos a reunirnos con él enseguida. ¡Tengan buen día!
Escena VI: Torturas.
Hemos dejado a Juan Bermejo, el mestizo, saliendo de la taberna mientras pretende reencontrarse con sus compañeros.
Al punto en que va a doblar el ángulo de una esquina es llamado a voz viva por un hombre de tono grave. Juan, precavido como es, toca el mango de su ballesta y se gira con porte digno. —¿Quién va? —exclama.
El 4º jugador, Pedro Hernández, marinero avezado y ahora labriego. Es el hombre que estaba en la barra, el de mirada pendenciera. Se acerca con paso diligente y rostro antipático. No parece tener mucho carisma.
—¡Buen día, señor Juan Bermejo! Oí su nombre cuando hablaba con el tabernero, y también todo cuanto allí se decía. —Ante el silencio de Juan, aclara—. Tengo buen oído…
—¿Y qué quiere vuesa merced, al que no tengo aún el placer de conocer?
—¡Pido disculpas! Tenéis el honor de hablar con don Pedro Hernández, a quien le place este encuentro.
Lo de «don» no le suena bien a Juan, que echa una mirada suspicaz.
—Extraño acento, señor.
—No soy de por aquí, en cambio usted sí lo parece.
—Eso es porque nací aquí —aclara Juan—. ¿Y vos?
—En Sevilla.
—¿Sevilla?
—De Coria, concretamente.
Juan asiente con el ceño fruncido.
—¿Y qué hace aquí, don Pedro?
—¡Albures que da la vida, como todos! Yo era hijodalgo, ¿sabe? Pero un pleito de hidalguía me despojó de todo cuanto tenía, a pesar de haber mostrado en la chancillería de Granada pruebas a favor de mi condición. Al final la ejecutoria se libró a favor del corregidor que me denunció, y me quitaron el título de hijodalgo.
El jugador que controla a Juan tira los dados y descubre que el personaje de Pedro se está marcando un farol.
Juan sabe que está frente a un charlatán. Asiente con una sonrisa a media vela. No dice nada, sigue escuchando la perorata de Pedro.
—Luego vino el notario de secuestros y ya se imagina como acabó todo.
—Claro, claro. Entonces se enroló en Puerto de Indias en busca de nuevas oportunidades, ¿no?
Pedro da unos golpecitos a la vizcaína que lleva al cinto y guiña un ojo.
—Para eso, y para evitar otros trances; que ya me encargué de los higadillos del corregidor que me quitó la hidalguía.
Juan bufa una risilla. —Veo que es vuesa merced hombre prosaico —sentencia—. Bueno, ¿y qué desea de mí, don Pedro?
—Sólo venía a aclarar algunas cosas. En concreto las cosas que ha hablado en la barra con Salvador, el tabernero.
—¿Se refiere a lo de los indios ejecutados? Dicen que se les hizo injusticia durante el proceso.
Pedro encoge los hombros. —Yo no sé nada de injusticias, más allá de las mías. Ellos vinieron de la maleza, con sus taparrabos y sus plumas, tirando flechas. Luego la gurullada entró a por uvas, y la mayoría afufó por donde hubo venido. Los que no lo consiguieron fueron apiolados y llevados a la casa del Gobernador, y el resto de la historia ya la conoce vuestra merced. —Escupe al suelo—. Acabaron apagando candela en el cadalso, con la enfermedad del cordel.
—Sí, pero se oye por los mentideros que hubo decapitaciones, y torturas.
—Decapitaciones, torturas… las gentes dicen de todo. Sin embargo hay que tener cuidado de a quién se cree.
—¿Y vuesa merced? —inquiere, sabiendo por dónde va el asunto—. ¿Vuesa merced es de fiar?
Pedro sonríe, como si esperara esa pregunta. —Bueno, he oído algo. —Se le queda mirando unos instantes, y apostilla quedo—: De primera mano.
El jugador de Juan vuelve a tirar los dados y su perspicacia desvela que Pedro, a pesar de ser un buscavidas, ahora parece decir la verdad.
—Está bien —sentencia, meneando el dinero de su bolsa—. Le escucho.
Entonces Pedro vuelve a encoger los hombros y, mirando a un lado como quien suelta un comentario casual dice. —Los ahorcados, que yo sepa, no gritan.
—No —asiente Juan, sacando unas monedas—. A fe mía que no lo hacen. Pedro se acerca para tomar el dinero, pero Juan retira un poco la mano.
—¿Sólo eso?
—Bueno… le puedo contar cómo cesaron los gritos.
—Pues, ¿cómo?, si puede saberse.
—Con ladridos, señor —contesta sonriendo—. Todo el mundo sabe que el Gobernador tiene muchos perros.
Escena VIII: Confesiones de fray Antonio.
Los personajes se reencuentran a la tarde, en la plaza principal.
Cuando Juan Bermejo y Pedro llegan, ven a Guzmán y a don Álvaro hablando con el joven fray Antonio. Tras unas presentaciones breves, fray Antonio revela que quizá haya algo de verdad en la segunda versión de los hechos, contada por Pedro. —Temo que si es cierto esto de las torturas y los perros, esta ciudad se encuentre en peligro. Me he dejado la piel para que ambos pueblos convivan en paz bajo la mirada del Altísimo, pero mis esfuerzos parecen caer en saco roto.
—¿Qué os dice el corazón, fray Antonio? —pregunta el soldado.
El muchacho mira al suelo y, tras unos segundos, confiesa algo. —No sé si es verdad eso de las torturas. Pero desde luego el pueblo de los chichimecas así lo asevera.
—¿Habéis hablado con ellos?
—Hace poco visité el poblado, y así me lo juraron. No quise creerles, pero es cierto que Oñate y Artaga muestran tenaz desprecio por esta gente. También lo hacía el difunto Juan de Arze. —Sus ojos se llenan de lágrimas— . Parece ser que dos de los nueve indios no fueron ejecutados, sino apaleados y obligados a mirar como sus hermanos eran devorados por los perros del Gobernador. Finalmente los soltaron para que contaran estas atrocidades.
—¿Dijeron algo más a vuesa merced? —inquiere don Álvaro.
—No hacen falta palabras. Vi a las mujeres preparar pigmentos de guerra en platos de barro; a los hombres tallar flechas. Tienen sed de sangre. Debemos sosegarlos. Y debemos empezar investigando la hacienda de don Juan de Arze.
Escena IX: Camino hacia la hacienda de Juan de Arze.
A la mañana siguiente los cuatros personajes, incluyendo el fraile, que hace de guía, marchan hacia el interior de la selva. Cuando llevan andadas unas horas divisan un obstáculo al final del camino; parece un cuerpo.
—Creo que hay un cadáver ahí —señala Juan Bermejo, cuyo jugador lo percibe con una buena tirada de Percepción.
Es un negro despedazado, al parecer por una bestia. El impresentable de Pedro se dirige a la boca del muerto y se la abre para tomar sus piezas dentales —en Tecuila hay mujeres curanderas que ofrecen un plato de sopa, o vino de palma por estos ingredientes—. Al hacerlo se da cuenta de que le falta la lengua. No obstante, Guzmán se percata de algo más —el jugador hace una tirada que revela la información—: parece que ha sido atacado por flechas, lo que sugiere que el pobre diablo era esclavo de Juan de Arce.
—Es común lo de la lengua —explica el joven fraile—. En esta hacienda don Juan de Arze acostumbraba a cortarle la lengua a sus esclavos. Al fin y al cabo, ¿esperarías mantener conversación con un animal?— puntualiza con la voz cargada de desprecio por ese tipo de opiniones.
—Lo que no espero es que nos caiga la noche encima —comenta don Álvaro.
—Sigamos pues —sentencia Juan Bermejo.
Siguiendo el curso del camino al fin llegan a las murallas encoladas de lo que parece una hacienda, encajada en la frondosidad de la selva.

De su interior emana una sensación de misterio y tenebrosidad, como si una sombra de pesar acechara por todos los rincones del lugar maldito, silencioso, escalofriante. Los compañeros miran alrededor, sintiendo que son observados por cientos de ojos ocultos desde todas direcciones.
Continuará en la siguiente sesión…
Escrito por Primogénito Lasombra.





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